Piedra Viva
Carlos Pardo Gómez
Piedra Viva
Si abstraemos la mirada y nos olvidamos de esquemas, lo que aparece delante de los ojos es la realidad del pintor, su verdad descrita a golpe de manchas, a pasos de color, y construida desde la necesidad personal, porque se habla de autobiografía.
Carlos Pardo Gómez
Título: Piedra Viva
Ámbito: Pintura
Año: 2011
Ubicación: Galería Cuadros López
Material
Catálogo Exposición

El paisaje desnudo.   Pedro Alberto Cruz Fernández.

numerosas ocasiones, he escrito que todos los géneros artísticos
no son más que variaciones dadas al paisaje, pues todo es paisaje,
incluso cuando es el cuerpo humano el que sirve de pretexto para la
obra. El artista, el escritor, describen formas y establecen sus
relaciones sobre un territorio susceptible de ser cartografiado,
de ser convertido en mapa cuya lectura se ofrece al que contempla
o lee la obra.

También, he defendido que esta reducción deviene del carácter
autobiográfico, aunque el autor no quiera reconocerlo, que toda obra
tiene, convirtiéndose así cada una en una parte del itinerario vital,
en una porción visible que unida a otras configuran una superficie
en la que queda plasmada la vida, el paisaje propio y personal.
El enfrentamiento –porque hay que ponerse frente a ellas– con las
pinturas de Carlos Pardo me ha reafirmado en mis escritos anteriores
y no porque, precisamente, sean paisajes, sino por todo lo
contrario, ya que lo evidente a menudo suele ocultar la verdad de
lo que se quiere decir.

Sé que lo dicho puede parecer confuso y que las obras de esta exposición,
según la nomenclatura tradicional, son paisajes, pero mi
punto de apoyo –y el del autor como se verá más adelante– no se
encuentra ahí, en las facilidades dadas al discurso por lo que se ve.
Si abstraemos la mirada y nos olvidamos de esquemas –corsés que
oprimen y asfixian la creatividad–, lo que aparece delante de los
ojos y lo que incita a ver no es una reproducción, más o menos elaborada,
más o menos agradable, de un lugar determinado: eso no es paisaje, es un
reflejo que puede engañar y tratar de sustituir
al original sin conseguirlo; lo que vemos en el soporte es la realidad
del pintor, su verdad descrita a golpe de manchas, a pasos de
color, y construida desde la necesidad personal, porque no se debe
olvidar que se habla de autobiografía.

Ese paisaje interior –todo lo exterior queda interiorizado desde el
momento en que se asimila lo visto– exteriorizado, sufre un proceso
de depuración, que en algunos casos dificulta las referencias, y en los
que las explicita deja bien claro que sólo tienen sentido en el contexto
del discurso personal, del mapa vital, dirigido a poner de relieve
lo más importante, aquello que dota a la materia de esencialidad.
Y el pintor, como dije antes al hablar de eliminar lo obvio, construye
paisajes en apariencia desestructurados, faltos del armazón
retórico, pero llenos de una fuerza que rebosa y se expande hasta
trasgredir los límites del cuadro, hasta ser algo nuevo, distinto en
la concepción porque su autor se desnuda y los desnuda –el aporte
autobiográfico– en un ejercicio valiente de libertad demandado
por la necesidad expresiva.

A Carlos Pardo no le interesa mostrar sus conocimientos pictóricos
–y los tiene y muchos–, convertir la obra en un exponente
del oficio. A lo que quiere llegar, y lo consigue, es a la eliminación
casi total de los recursos habituales sobre los que se ha apoyado el
paisaje, a dejarlo desprovisto de la anécdota y convertido en experiencia.

Suprime, para ello, la envoltura, saca a la luz la osamenta
y la dispone en una apariencia caótica, con tal fuerza y atracción
que hace volver a degustar el paisaje y olvidarse de los prejuicios.
Todo es paisaje y, después de dialogar con la obra de Carlos Pardo,
me reafirmo en ello, me identifico con su desnudez y con la actitud
decidida que le ha llevado al borde del precipicio –a esa situación
en la que muchos sopesan el riesgo del siguiente paso– para, desde
él, mostrarse desnudo y unido a lo que ahora saca a la luz para que
sea visto por otros ojos, y participen del «vértigo» que supone verse
libre de las pesadas vestiduras de lo convencional.